En la tarde del 4 de marzo de 1960, dos explosiones, una detrás de otra, separadas apenas por escasos minutos, estremecieron La Habana. Poco a poco toda Cuba conoció la noticia: un atentado terrorista hizo estallar el vapor francés La Coubre, que descargaba desde el día anterior, en el antiguo muelle de la Pan American Docks, armas destinadas a la defensa de la naciente Revolución Cubana.
La primera explosión causó «una gigantesca columna de humo, que ascendió con rapidez desde la popa del buque y tomó forma de hongo mientras se elevaba. La confusión fue total», recordó el investigador cubano Tomás Gutiérrez en un artículo publicado en este diario.
Inmediatamente soldados, rebeldes, miembros de la Policía Nacional Revolucionaria, bomberos, obreros portuarios y el pueblo en general, acudieron a prestar ayuda, sin saber que, minutos más tarde, ocurriría una segunda detonación.
El atentado a La Coubre dejó un saldo de 101 fallecidos, entre ellos seis marinos franceses y ocho trabajadores portuarios españoles, 400 personas lesionadas o incapacitadas de por vida y 82 niños sin padres.
Las pruebas realizadas demostraron que no se trató de un accidente, sino de un hecho intencional, un sabotaje preparado fuera de Cuba, organizado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés).
Durante el sepelio de las víctimas del 4 de marzo de 1960, realizado al día siguiente, desde una tribuna improvisada sobre la cama de una rastra, en la intersección de la avenida 23 y calle 12, frente al cementerio Cristóbal Colón, «Fidel enarboló por primera vez la consigna que sigue expresando la voluntad del pueblo cubano de resistir en su lucha: “Patria o Muerte”»




